El silencio en la habitación de Chloe era denso, cargado con el olor residual de un té que se había enfriado hace horas. No había pegado el ojo. La humillación de la boda de Castiel le recorría las venas como un veneno lento pero constante. Había pasado la noche entera trazando líneas invisibles en el aire, conectando rencores, hasta que la idea cristalizó en su mente.
No se trataba solo de despecho; se trataba de territorio. Ir al penthouse no era un capricho, era una declaración de guerra. Qu