Chloe, en el suelo, sentía el frío del agua filtrándose por las costuras de su vestido de seda, una pieza de tres mil dólares ahora reducida a un trapo empapado y sucio. Se miró en el gran espejo de marco dorado: su máscara de perfección se había derretido. El rímel le surcaba las mejillas como cicatrices negras y el peinado, que le había tomado tres horas a su estilista, colgaba en mechones lánguidos y sin vida.
La furia, una quemazón agria que le subía por la garganta, la obligó a ponerse en