El motor del Mercedes negro se apagó con un suspiro metálico frente a la escalinata de mármol de la mansión De la Rúa. Yestin sintió que el corazón le martilleaba contra las costillas, un ritmo frenético que amenazaba con asfixiarla. No era solo el lujo asfixiante de la propiedad lo que la intimidaba, sino la red de mentiras en la que estaba a punto de enredarse.
Desde la espesura de los robles que bordeaban el sendero principal, un par de ojos gélidos seguían cada uno de sus movimientos. Dona