A Raina se le escapó una sonrisita.
De pronto, le dieron ganas de jugar un poco con el tipo que la seguía. En cuanto dobló la esquina, fingió que se le falseaba el tobillo y soltó un pequeño grito de sorpresa.
Al ver que ella tropezaba, el hombre se puso tieso de inmediato. Por puro instinto, su mano derecha voló hacia su cintura, pero la bajó discretamente en cuanto vio que ella recuperaba el equilibrio y seguía adelante.
No había duda: era gente de Iván. Ese reflejo de buscar el arma al primer