Raina se quedó helada con la confesión. Por poco se le va el té por el camino viejo.
—Señor Víctor, ese chiste es de muy mal gusto.
Al darse cuenta de que ella no le creía ni una palabra, Víctor se puso serio.
—No es ninguna broma. Desde que la vi en la junta, me dejó sin palabras. Tiene una facilidad para hablar y una agilidad mental que ya quisieran muchos. No se parece en nada a esa gente que solo sabe lamerle las suelas a los jefes.
Raina dejó la taza sobre la mesa y le dedicó una sonrisa