Carla se le quedó viendo, procesando sus palabras. En los ojos de la joven no había ni rastro de fingimiento, solo una calma real.
En ese momento, Carla se dio cuenta de que esa muchacha, que antes era tan caprichosa y rebelde, por fin había madurado.
—Y entonces... ¿a dónde piensas ir? —preguntó Carla con voz suave.
—Todavía no lo sé muy bien, tal vez me dedique a viajar un tiempo —respondió ella. Hizo una pausa y miró hacia la habitación—. A Román... se lo encargo mucho, por favor. Cuídemelo.