Al final, Raina no fue a ninguna cena. No pudo... porque Iván se la llevó directo a la casa casi a la fuerza.
Apenas entraron, la acorraló contra la pared y le plantó un beso que la dejó sin aire y con la cabeza dándole vueltas. Era un beso de esos que reclaman cada segundo que ella se había pasado metida en la oficina.
Justo cuando la cosa se estaba poniendo seria, Raina, toda agitada, logró apartarlo un poco.
—Espera, Iván... tengo algo para ti.
—¿Qué cosa? —murmuró él, buscando su cuello otra