A Iván lo despertó un olor a comida recién hecha, pero sentía como si le hubiera pasado un camión por encima. Le estallaba la cabeza y soltó un quejido en cuanto intentó abrir los ojos.
La luz del sol se colaba por las cortinas, iluminando la cama. Por puro instinto, estiró la mano buscando el otro lado, pero estaba vacío. Sin embargo, las sábanas todavía olían a ella, un rastro suave de su perfume que seguía ahí.
Desde la cocina llegó el ruido de unos trastes. Iván caminó descalzo hasta la puer