El aire en el sótano estaba tan pesado que a Raina le costaba respirar.
Sentía la humedad pegada a los pulmones. El brillo frío del bisturí cortó la oscuridad y le dio directo en los ojos cansados.
Tenía los labios partidos y sentía un incendio en la garganta, pero se obligó a mantener la cabeza fría. Entrar en pánico era un lujo que no se podía dar.
—¿Cuánto quieres? —soltó con la voz toda ronca. Cada palabra le costaba la vida—. Los Herrera te pagan el doble de lo que te hayan ofrecido... dim