Celia se quedó de piedra y se aferró a la silla con tanta fuerza que se le marcaron los nudillos.
Se veía mucho mejor que la última vez: ya no tenía la cara chupada y sus labios ya no estaban resecos.
Pero sus ojos no cambiaban: se le seguía viendo lo insegura y cobarde que era.
Esa carita de víctima siempre había sido su mejor truco para engañar a todo el mundo.
Raina recordó todos los años que pasaron juntas y se sintió una tonta por no haberse dado cuenta de que Celia era toda una actriz.