¡Sus palabras fueron un golpe bajo!
El aire en la habitación se puso tan pesado que sentías que te asfixiabas.
Iván sostenía la delicada taza de té mientras le clavaba una mirada burlona a Nelson, sin el menor rastro de respeto.
Nelson, por su parte, entrecerró los ojos y le aguantó el desafío. El ambiente estaba que echaba chispas.
—Muchacho, no digas sandeces —lo regañó Alberto, pero con una voz tan suave que no parecía un regaño.
Iván soltó una risita seca.
—Si es por eso, no se preocupe...