Al caer la tarde, Iván caminaba con toda la calma del mundo, echándole un ojo al jardín. Tenía que admitirlo: el lugar era una joya y le daba mil vueltas al suyo.
Siendo honestos, este rinconcito superaba por mucho a su propia villa... el entorno natural tenía una magia que el dinero no podía comprar.
—¡Por aquí, señor Herrera! —le indicó el mayordomo, muy atento.
Pero Iván, con ese desparpajo que lo caracterizaba, soltó:
—¿Cuál es la prisa?
El mayordomo bajó el ritmo de inmediato, y entonces e