—¡Ya llegó el señor Herrera!
En cuanto Iván puso un pie en el pasillo, la enfermera se lo soltó a Celia en un susurro.
A Celia le dio un escalofrío. Sus dedos, que apenas podían moverse, apretaron las sábanas con fuerza.
La verdad es que, desde que despertó, le aterraba que llegara este día. Sabía que no se iba a escapar.
Por eso, aunque ya estaba consciente, se había hecho la dormida varios días.
Sí, había despertado mucho antes de lo que todos creían.
—No se me ponga nerviosa, señorita. El