La puerta se cerró solo a medias. La mano de Iván se interpuso con firmeza, bloqueando el paso.
Diego lo miró de reojo, soltando un resoplido. Sabía perfectamente que el otro no lo iba a dejar ir tan fácil.
—Ajá, entiendo. Está bien...
Diego terminó la llamada e intentó irse, pero una voz gélida lo detuvo en seco:
—Si quieres que el próximo año por estas fechas te lleven flores al panteón, lárgate lo más lejos que puedas.
Diego se quedó tieso.
—Iván, ¿qué te cuesta mostrarte un poquito débil c