Al caer la tarde, Raina y Julieta llegaron juntas a la mansión de los Herrera. En cuanto cruzaron la puerta, el aroma a comida casera las recibió de golpe.
Era una sensación cálida que le reconfortó el alma a Raina. Aunque siempre había tenido el amor de su abuela, el vacío de haber crecido sin padres siempre estaba ahí, y ese hueco parecía llenarse cuando estaba con los Herrera.
A veces pensaba que la vida, después de todo, era justa: lo que te quitaba por un lado, te lo devolvía por el otro.