—¡Noel, suéltame! ¡Me estás lastimando!
Marta fue arrastrada hasta un rincón apartado del restaurante. Él tenía el rostro desencajado por la furia, con la mandíbula tan apretada que parecía que le iba a estallar.
Al segundo siguiente, la empujó contra la pared de mármol. El impacto fue tan seco que a Marta se le fue el aliento.
Noel lo hizo con saña: mientras más se quejaba ella, más se ensañaba él.
—Noel, por Dios... ¡que estoy embarazada! —soltó Marta con los ojos empañados.
Le dolía el cuerp