Daban las dos de la mañana. A Diego ya se le cerraban los ojos, no aguantaba más el sueño.
—Iván, me voy a echar una cabezada. Avísame en cuanto salga.
Iván asintió sin quitar la vista de enfrente.
—Ya salió.
—No me vaciles, hombre, solo quiero diez minutos —protestó Diego.
Iván, con la voz un poco ronca por el desvelo, respondió sin inmutarse:
—Hablo en serio.
Diego no se la tragó hasta que escuchó el golpe seco de la puerta del auto. Abrió los ojos a regañadientes y vio a Iván caminando ha