Han pasado tres años desde que Lucas Rafael Montenegro cruzó al otro lado del puente.
El año es 2113. La casa grande de Santo Domingo sigue siendo el centro del universo familiar, aunque ahora tiene un silencio nuevo, más respetuoso, más consciente. El sillón de la terraza permanece vacío muchos días, pero nadie se atreve a sentarse en él. Es como si aún le perteneciera.
Valeria, ahora con cuarenta y nueve años, es quien más siente su ausencia. Cada mañana baja a la terraza con una taza de café