Lo primero que sentí fue el dolor.
Un dolor profundo, pesado, como si alguien me hubiera metido la cabeza dentro de una campana y la estuvieran golpeando lentamente desde afuera.
No abrí los ojos.
Pero podía escuchar.
Voces.
La voz de Enzo.
Y la voz de Carla.
—Tenemos que llevarla al hospital —decía Carla—. Lleva dos días inconsciente, Enzo. ¿Y si tiene una contusión cerebral?
Dos días.
Habían pasado dos días.
Sentí una rabia tan grande que me recorrió el cuerpo como fuego.
Malditos desgraciado