A la mañana siguiente desperté antes que Enzo.
Me quedé quieta en la cama, fingiendo dormir, mientras él se levantaba, se duchaba y se vestía. Lo observé por las pestañas entrecerradas: cómo se ajustaba la corbata, cómo se peinaba el pelo hacia atrás, cómo se miraba en el espejo con esa seguridad que ya empezaba a resquebrajarse.
Cuando salió de la habitación, esperé diez minutos más. Luego me levanté despacio. La cabeza todavía me dolía, pero el dolor ya no era enemigo. Era combustible.
Bajé a