El eco del silencio seguía latente en los pasillos de la mansión cuando Mikhail Baranov avanza. Sus pasos eran firmes, pesados, y cada pisada retumbaba como una sentencia. Veronika seguía allí, con el maquillaje corrido, los ojos hinchados por el llanto y los labios temblorosos por la ira y la humillación. Pero lo que más la quebraba era ese silencio. Ese maldito silencio que Mikhail siempre utilizaba como escudo, como cuchilla, como castigo.
Él la observó por un segundo. No más. Y caminó direc