El sol de Moscú apenas acariciaba las gradas del hipódromo, dorando con un brillo frío la arquitectura imponente. Alexandra descendió del coche con la elegancia de una reina, vestida con un conjunto negro ajustado que marcaba cada curva con una elegancia serena. Llevaba gafas oscuras y los labios de un rojo profundo, como si supiera que la guerra más peligrosa era la que se peleaba sin espadas, solo con la mirada.
Aquel era su primer día libre en semanas, y había decidido que conocer el hipódro