La mansión Baranov se mantenía en un inquietante silencio, como si incluso sus muros sintieran la tensión que se respiraba en el ambiente. El crepitar de la chimenea rompía aquel mutismo, llenando la amplia sala con el chasquido del fuego devorando la madera seca. Las llamas danzaban con furia, arrojando sombras temblorosas sobre los muros de piedra y la alfombra bordada de rojos y dorados.
Alexandra estaba allí, de pie, como un espectro elegante en medio del lujo frío de la mansión. Su abrigo