Cuando Mikhail se apartó de ella, lo hizo dando varios pasos, los ojos de Alexandra se posaron firmemente en los de Mikhail.
El silencio de la sala se extendía como un campo de batalla antes de la primera detonación. Mikhail Baranov estaba allí, de pie, con esa presencia que parecía llenar cada rincón de la Mansión Orlova. El traje impecable, el gesto indescifrable y esos ojos que parecían prender fuego a quien se atreviera a sostenerle la mirada.
Alexandra Morgan había aprendido a no retro