El tiempo pareció detenerse. Alexandra lo miró con los ojos muy abiertos, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
Su cuerpo tembló, un reflejo involuntario que Mikhail notó al instante.
Él no dijo nada más. No necesitaba hacerlo. Su confesión quedó suspendida en el aire, tan pesada e intensa que parecía un arma cargada de consecuencias.
Alexandra no respondió. No de inmediato. No podía. Su corazón latía con fuerza, su respiración era irregular, y su mente estaba en un caos absoluto.
El silencio entre ellos era una tormenta a punto de estallar, pero ninguno de los dos se movió.
La tensión, el deseo y algo más —algo que ninguno se atrevía a nombrar— se apoderaron del ambiente, dejando claro que, después de esta noche, nada sería igual.
La Mansión Orlova pareció encogerse bruscamente mientras sus miradas parecen retarse.
— ¿Estás escuchando la barbaridad qje acabas de decir Mikhail? — Alexandra da un paso.
— ¿Por qué seria una barbaridad? — Mikhail le da la espalda a Alex