La mansión Orlova estaba sumida en un silencio solemne, como si las paredes mismas supieran que dentro de aquellas habitaciones se libraba una guerra que no tenía nada que ver con armas ni estrategias, sino con miradas, orgullo y corazones que se negaban a doblegarse.
Alexandra permanecía de pie frente a Mikhail, su espalda erguida, sus hombros firmes. Su silueta proyectaba una seguridad que pocas mujeres podían sostener frente a aquel hombre. Mikhail Baranov era un depredador por naturaleza, alguien acostumbrado a que el mundo cediera ante su sola presencia. Y sin embargo, allí estaba ella, imperturbable, con esa leve sonrisa desafiante en los labios, tan peligrosa como magnética.
Él dio un paso más cerca. La intensidad en sus ojos oscuros era un filo que cortaba el aire entre ellos.
—Entonces… —su voz era grave, profunda, con ese dejo de poder que nadie podía ignorar— ahora eres mía. Mi novia.
El aire se volvió denso. Era una declaración, pero más que eso, era una sentencia. Una