La mansión de Mikhail Baranov se erguía en la colina como una fortaleza bañada en luces doradas, un palacio donde el lujo y el peligro convivían con naturalidad. Las puertas de hierro forjado se abrieron apenas el Rolls-Royce se acercó, como si el propio acero reconociera la presencia del hombre que reinaba sobre la noche de Moscú.
El motor se apagó y, por un momento, sólo el murmullo distante de la ciudad alcanzó la vasta propiedad. Alexandra observaba todo con los ojos muy abiertos: el camino de mármol negro que conducía a la entrada, las columnas imponentes iluminadas por lámparas de cristal, las sombras de hombres armados que se deslizaban como espectros alrededor de la mansión. Cada detalle respiraba poder… y peligro.
Mikhail rodeó el vehículo con calma felina, sus pasos resonando en la piedra como un eco del destino. Abrió la puerta del copiloto y le ofreció la mano.
—Bienvenida, nuevamente Alexandra —murmuró, su voz profunda acariciando su nombre como si lo saboreara.
Ella colo