La cocina de la mansión de Mikhail era un lugar extraño para presenciar intimidad. Entre luces tenues que colgaban del techo y el aroma de la cena recién preparada, reinaba un silencio pesado, roto únicamente por el murmullo lejano del viento que azotaba las ventanas. Alexandra permanecía de pie junto al mesón de mármol, con el cabello cayéndole como un río oscuro sobre los hombros, mientras Mikhail la observaba con esa intensidad suya que parecía perforar hasta lo más profundo del alma.
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