La cocina de la mansión de Mikhail era un lugar extraño para presenciar intimidad. Entre luces tenues que colgaban del techo y el aroma de la cena recién preparada, reinaba un silencio pesado, roto únicamente por el murmullo lejano del viento que azotaba las ventanas. Alexandra permanecía de pie junto al mesón de mármol, con el cabello cayéndole como un río oscuro sobre los hombros, mientras Mikhail la observaba con esa intensidad suya que parecía perforar hasta lo más profundo del alma.
Ella nunca había conocido a un hombre como él. Peligroso. Irascible. Un rey en un mundo de sombras. Y aun así… con ella, sus movimientos eran diferentes. Casi reverentes.
—Alexandra… —su voz salió baja, como un susurro grave, arrastrado, con ese acento ruso que hacía vibrar su nombre.
Ella apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando él dejó a un lado la copa de whisky y avanzó hacia ella con pasos felinos. La cocina estaba casi oscura, solo la luz dorada bajo los gabinetes iluminaba sus rostros con un bri