El gran comedor de la Mansión Baranov estaba iluminado por la tenue luz del amanecer que se filtraba a través de los ventanales altos. La lluvia había amainado, dejando tras de sí un cielo gris que envolvía Moscú en un halo de misterio. La mesa larga, preparada con la precisión estaba cubierta con un servicio impecable: porcelana blanca, cubiertos de plata, café humeante y un desayuno digno de la realeza.
Mikhail bajó acompañado de Alexandra. Él, con paso firme, aunque aún con la sombra de la h