El silencio de la habitación era profundo, interrumpido apenas por el leve pitido de las máquinas médicas que confirmaban lo que en realidad importaba: Mikhail Baranov seguía con vida. Alexandra estaba sentada en un sillón de terciopelo azul junto a la cama, con una copa de vino aún intacta en su mano derecha, observándolo. Sus ojos azules, enmarcados por la luz tenue de la lámpara, se mantenían fijos en aquel hombre que, incluso en reposo, parecía dominar el espacio.
El impacto del disparo había dejado huella, pero no había conseguido doblegarlo. Y ahora, tendido entre sábanas blancas, con el torso vendado y el rostro ligeramente más pálido que de costumbre, Mikhail parecía un rey herido… uno que no aceptaría jamás la derrota.
Alexandra dejó la copa en la mesa auxiliar y se inclinó ligeramente hacia él. La fuerza que proyectaba aquel hombre era tan brutal que incluso inconsciente había hecho que su corazón se agitara; pero ahora, con los ojos azules de Mikhail abiertos y mirándola fi