Pero se seco las lágrimas el camarote estaba vacío. Su ropa cuidadosamente doblada sobre una silla, y una nota inexistente. Nada. Ni una palabra. Solo el eco de la noche que acababan de compartir.
Y entonces lo comprendió. Sabía perfectamente con quien se había metido, era un Ganster.
Se levantó despacio, el cuerpo aún sensible, aún marcado por las huellas de lo ocurrido. El leve ardor entre sus piernas era una confirmación física de que había cruzado una frontera irreversible. Pero ya no hubo