El reloj marcaba las 10:07 de la mañana cuando Alexandra Morgan descendió por la amplia escalera de la residencia Fort. Vestía unos jeans ajustados, una blusa blanca de lino y unas gafas de sol que ocultaban sus ojos, aún apagados por una noche que le había arrancado más que el aliento. Caminaba con la cabeza en alto, con la dignidad de una reina que se niega a quebrarse, aunque por dentro la tormenta fuera intensa.
Sofía estaba con sus hijos en una video llamada con Naven. Alexandra había apr