El reloj marcaba las 4:07 de la madrugada cuando el yate comenzó a acercarse lentamente a la costa de Barcelona. Las luces tenues del puerto aún parecían lejanas, envolviendo la escena en un silencio espeso, como si el mundo mismo contuviera la respiración ante lo que estaba por ocurrir.
El mar apenas susurraba bajo el casco de la embarcación. Mikhail Baranov se encontraba de pie, completamente vestido, con la mirada fija en el horizonte mientras su mente era un torbellino de pensamientos oscu