La puerta pesada se cerró a espaldas de Alexandra con un eco sordo, como un juicio sellado. El clic del cerrojo fue casi imperceptible, pero en la atmósfera cargada de aquel lugar, resonó como una sentencia. Sus tacones resonaron sobre la madera oscura del piso mientras sus ojos se ajustaban a la penumbra. Solo una lámpara colgante de cristal, derramaba una luz dorada sobre una mesa de roble y cuero, rodeada por sillones amplios que parecían devorar a quien se atreviera a sentarse.
El humo de