El amanecer en Moscú no trajo consigo la calidez esperada. El aire helado de la mañana se mezclaba con un olor denso a madera quemada y hollín que aún flotaba en el ambiente. Frente a lo que alguna vez fue la orgullosa Mansión Dubrovskaya, Veronika permanecía inmóvil, con los labios temblorosos y las manos crispadas en los bolsillos de su abrigo de piel. Su mirada, oscura y desbordada de lágrimas, se posaba sobre el humo que todavía se levantaba de los restos calcinados.
Allí, donde antes se