El amanecer en Moscú no trajo consigo la calidez esperada. El aire helado de la mañana se mezclaba con un olor denso a madera quemada y hollín que aún flotaba en el ambiente. Frente a lo que alguna vez fue la orgullosa Mansión Dubrovskaya, Veronika permanecía inmóvil, con los labios temblorosos y las manos crispadas en los bolsillos de su abrigo de piel. Su mirada, oscura y desbordada de lágrimas, se posaba sobre el humo que todavía se levantaba de los restos calcinados.
Allí, donde antes se alzaban columnas majestuosas y ventanas altas que reflejaban la grandeza de su apellido, no quedaba nada más que cenizas, vigas ennegrecidas y un silencio que dolía. Veronika sintió cómo su corazón se desgarraba, no solo por la pérdida material, sino por el símbolo de poder y legado que había sido destruido en una sola noche.
—¡Mikhail Baranov! —gritó con la voz rota, el eco de su rabia rebotando contra los muros ennegrecidos que aún se sostenían a medias—. ¡Te maldigo mil veces!
Sus rodilla