El silencio en la sala era tan denso que parecía otro convidado, uno que se instalaba entre los muebles de roble oscuro, entre las alfombras persas y las paredes adornadas con emblemas de poder. Moscú dormía más allá de los ventanales altos, apenas rota por la niebla helada y el resplandor de las farolas que dibujaban sombras largas sobre la nieve recién caída. Afuera, la ciudad parecía quieta, sumisa, pero en ese salón el aire ardía con la expectación después de aquellas palabras expuestas con