La madrugada en Moscú se extendía como un lienzo de acero. La nieve caía con paciencia infinita sobre las calles vacías, amortiguando cada ruido, volviendo a la ciudad un páramo blanco y silencioso. En la Mansión Baranov, ese silencio no era de paz, sino de control.
En el corazón del edificio, el despacho de Mikhail permanecía iluminado. El fuego de la chimenea crepitaba, proyectando sombras sobre las estanterías repletas de libros y documentos. El ambiente estaba impregnado de un poder conteni