Día Siguiente.
Eran las once de la mañana en Moscú.
El sol invernal, pálido y frío, apenas conseguía atravesar el velo de nubes que cubría la ciudad como un manto grisáceo. La nieve de la madrugada aún descansaba sobre los tejados, sobre los autos que se deslizaban con lentitud en las avenidas principales, sobre las estatuas de bronce que parecían vigilar una ciudad acostumbrada a convivir con fantasmas de gloria y de ruina. El aire estaba cortante, como una hoja invisible que separaba a los hombres comunes de los hombres destinados a mandar.
En lo más alto de la Torre Baranov, el edificio que dominaba la silueta de la ciudad, Mikhail estaba sentado tras un escritorio de ébano, tan oscuro y pulido que parecía absorber la luz. A su alrededor, las paredes de cristal ofrecían una vista panorámica de Moscú: un océano de acero, nieve y movimiento, reducido a un tablero de ajedrez bajo la mirada de su dueño.
La oficina dejaba en claro que era un santuario de poder. El silencio apenas se int