La noche en San Petersburgo se cernía como un manto denso, cargado de misterio. Las luces de la ciudad se reflejaban en los canales helados, dando la ilusión de un resplandor quebrado, como si la oscuridad misma intentara tragarse cada chispa de vida. Medianoche estaba cerca, y con ella el peso del peligro que acompañaba a los negocios en el inframundo ruso.
Mikhail Baranov descendió del automóvil blindado acompañado por dos de sus hombres. El aire cortante golpeó su rostro con dureza, pero él no pestañeó. Su abrigo largo de lana negra ondeaba ligeramente con el viento, y sus botas resonaban sobre el empedrado húmedo de la calle. El puerto donde se llevaría a cabo la entrega estaba iluminado apenas por farolas antiguas y algunos focos industriales.
Cada movimiento había sido planificado. Aun así, Mikhail jamás confiaba en nadie más que en sí mismo. Por eso estaba allí, a pie, entre las sombras y el silencio, corroborando personalmente cada detalle.
Sus ojos azules, fríos como el acero