El eco del disparo todavía flotaba en el aire cuando Mikhail Baranov se tambaleó hacia atrás. La bala le había alcanzado en el costado izquierdo, arrancándole un gruñido contenido. No fue un grito, no fue un lamento; fue apenas un resoplido de dolor, porque hasta herido, Mikhail no daba el gusto a sus enemigos de verlo quebrarse.
Su mano derecha se apretó contra la herida, mientras la otra seguía aferrada al arma. El tiempo pareció detenerse por un segundo. La niebla, la pólvora, los gritos, to