Mikhail Baranov no necesitaba anunciar sus movimientos, pero aquella mañana la mansión entera sabía que el patriarca se preparaba para un viaje que no era uno más en la agenda. San Petersburgo no era solo un destino, era un escenario donde las sombras se arrastraban entre los muros de mármol y los canales, un lugar donde las alianzas podían convertirse en traiciones con la misma facilidad con la que se encendía un cigarro. El hombre ya se encontraba en su Punto estratégico y secreto.
En aquella