Mikhail Baranov no necesitaba anunciar sus movimientos, pero aquella mañana la mansión entera sabía que el patriarca se preparaba para un viaje que no era uno más en la agenda. San Petersburgo no era solo un destino, era un escenario donde las sombras se arrastraban entre los muros de mármol y los canales, un lugar donde las alianzas podían convertirse en traiciones con la misma facilidad con la que se encendía un cigarro. El hombre ya se encontraba en su Punto estratégico y secreto.
En aquella habitación, la luz del Sol atravesaba las cortinas pesadas, bañando de tonos metálicos la figura de Mikhail frente al espejo. Con movimientos calculados, abotonaba su camisa de seda negra, cubriendo el torso marcado por la disciplina y las cicatrices de un hombre que había sobrevivido a demasiadas guerras. Sobre aquella segunda piel colocó un traje oscuro a la medida, de líneas perfectas que delineaban la elegancia propia de un emperador moderno.
La corbata, de un rojo profundo, era más que un