La noche avanzaba lentamente en Moscú, arropando la ciudad con una densa neblina que parecía reflejar las emociones ocultas de quienes la habitaban. En uno de los pisos más altos de un lujoso complejo residencial, Veronika Dubrovskaya se encontraba sola en su habitación. La penumbra era su refugio y, a veces, su peor enemiga. Su cuerpo estaba rígido, los labios tensos, y su mirada fija en la pantalla del teléfono móvil que temblaba ligeramente entre sus dedos.
Un mensaje encriptado acababa de l