El sol de Moscú apenas asomaba tímidamente entre las nubes cuando Alexandra y Mikhail salieron de la Mansión Baranov a diferencia de la salida de la Torre Baranov. La lluvia de la madrugada había dejado la ciudad con un brillo metálico, como si cada edificio reflejara el poder y la frialdad que tanto caracterizaban a esa capital.
Dentro del vehículo negro, con vidrios polarizados, el silencio era denso pero no incómodo. Mikhail conducía con una mano firme sobre el volante, la otra descansando cerca de la palanca de cambios, y su mirada fija en la carretera. Alexandra, a su lado, observaba cómo las gotas de agua se deslizaban lentamente por el cristal, sintiendo que algo en él había cambiado desde la noche anterior.
Mikhail Baranov no era un hombre que compartiera su vida fácilmente, pero Alexandra había logrado penetrar esa coraza que durante años nadie había osado tocar. Y él lo sabía. Por eso, cuando rompió el silencio, su voz profunda llenó el interior del automóvil con una serie