La madrugada en Moscú tenía un sonido distinto cuando llovía. Las calles empapadas, bajo la luz tenue de los faroles, parecían reflejar secretos antiguos. La mansión Baranov, majestuosa y silenciosa, dominaba la colina como un guardián oscuro. Afuera, la lluvia golpeaba con suavidad los ventanales altos, creando un murmullo constante que se mezclaba con el parpadeo ocasional de los relámpagos en la distancia.
Dentro, el ambiente era cálido, aunque no menos intimidante. El salón principal, con