El eco solemne de los pasillos de la Mansión Baranov fue apagándose a medida que Alexandra se adentraba en la cocina. La estancia, amplia y perfectamente ordenada por manos de servicio que pocas veces dejaban espacio a la improvisación, parecía ahora un escenario distinto: no era un lugar de rutina, sino de refugio.
Encendió las luces cálidas y, con una naturalidad que contrastaba con el mármol pulido de las encimeras, se remangó con gracia. Había pasado por eventos de gala, banquetes de élite