El automóvil negro se deslizó por las avenidas iluminadas de Moscú, atravesando el tránsito denso de la tarde. Alexandra, sentada en el asiento trasero, observaba la ciudad desde la ventanilla. Las luces se reflejaban en sus ojos y cada destello parecía recordarle lo mismo: debía ser impecable. No solo se trataba de cenar con sus padres, sino de hacerlo a lado de Mikhail Baranov, un hombre cuya presencia no permitía la más mínima imperfección.
El vehículo se detuvo frente al GUM, el centro come