El reloj marcaba las cinco de la mañana cuando Alexandra abrió los ojos. El silencio de su habitación no era real; afuera, en los pasillos de la Mansión Baranov, los ecos de pasos apresurados y voces apagadas se entremezclaban como un murmullo constante. Algo se estaba gestando. Se incorporó con lentitud, con esa sensación de que el aire era distinto, más pesado, más denso. Había dormido apenas una hora, si acaso, y la ausencia de Mikhail se sentía en cada rincón como un hueco imposible de llen