El reloj marcaba las cinco de la mañana cuando Alexandra abrió los ojos. El silencio de su habitación no era real; afuera, en los pasillos de la Mansión Baranov, los ecos de pasos apresurados y voces apagadas se entremezclaban como un murmullo constante. Algo se estaba gestando. Se incorporó con lentitud, con esa sensación de que el aire era distinto, más pesado, más denso. Había dormido apenas una hora, si acaso, y la ausencia de Mikhail se sentía en cada rincón como un hueco imposible de llenar.
Se puso una bata ligera y abrió la puerta. El movimiento en la mansión era febril. Hombres armados recorrían los pasillos, algunos con rostros tensos, otros murmurando órdenes rápidas. El despacho de Dimitri estaba iluminado; desde allí llegaban voces graves, palabras como “rastros”, “emboscada”, “desaparición”. Alexandra bajó despacio las escaleras, observando todo con unos ojos que no dejaban escapar nada.
No se dejó arrastrar por el caos. Su mirada analítica diseccionaba cada gesto. El ch