La noche se extendía como un manto de terciopelo oscuro alrededor de la mansión Baranov. Afuera, la nieve caía silenciosa, cubriendo los jardines en un blanco casi irreal, pero dentro de la habitación todo ardía en un fuego que no necesitaba llamas.
Mikhail estaba reclinado contra el respaldo de la cama, su porte imponente incluso en reposo. Sus ojos, la seguían con la calma depredadora de un hombre acostumbrado a que todo en su mundo se doblegara ante él. Pero Alexandra Morgan no era “todo”. E