La habitación estaba sumida en un silencio que continuaba tan denso que parecía tener peso propio. La tenue luz dorada de la lámpara apenas rozaba sus siluetas sobre la cama, mientras el calor de la intimidad aún permanecía flotando en el aire. Su respiración era suave, casi imperceptible, pero el corazón le golpeaba con fuerza dentro del pecho, como si quisiera liberarse de la jaula que era su propio cuerpo.
Las palabras de Mikhail seguían resonando en su mente, tan peligrosas como la promesa