El amanecer llegaba a Moscú como un secreto revelado a medias. La ciudad, inmensa y silenciosa, todavía respiraba la penumbra de la noche mientras un resplandor grisáceo se filtraba sobre los tejados. Desde las amplias ventanas de la Mansión Baranov, la vista se extendía hacia un horizonte cubierto por cúpulas metálicas, torres modernas y el humo perezoso que emergía de fábricas lejanas. La nieve, caída durante la madrugada, brillaba con un tono apagado, como si se negara a reflejar el sol en t